5 de febrero de 2014

Sin secretos

Por un momento me he puesto a pensar en lo difícil que es contar algo íntimo a una persona. Lo que más cuesta, en realidad, es encontrar una persona a quien contarle nuestras cosas íntimas. Cuando era niño solía esconderme cuando hacía alguna travesura... Al romper un vaso o alguna cosa de la casa, siempre me iba a esconder, tratando de retardar el momento del reto; siempre me descubrían al final.

Muchas veces, al ir creciendo, uno se va llenando de secretos sin contar. Primero los comenzamos a ocultar de nuestros padres; luego, de nuestros amigos cercanos y luego la pareja. Hay cosas que no contamos porque pueden traernos un recuerdo doloroso. Otras no las contamos porque significa recordar momentos que preferimos olvidar, pero que muchas veces no hemos dejado atrás del todo. Otras nos puede parecer absurdo contarlas... "Se van a reír de mí", "es absurdo lo que estoy pensando", "me van a tratar de ________" (agregue ud. el apodo). 

Hasta que somos grandes, crecemos ocultando información sin querer que la gente sepa mucho de nosotros o de nuestros conflictos y crisis internas. En medio de una sociedad que destaca el éxito y la apariencia, el dolor muchas veces se tapa detrás de títulos profesionales, cargos importantes, marca de auto, ropa, etc. Todo esto me recuerda a Jesús, cuando dijo que conoceríamos la verdad, y la verdad nos hace libres.

¿Qué es lo que actualmente ocultamos? ¿Qué es lo que ocultamos a nuestros padres, a nuestros cónyuges o a nuestro entorno cercano? Tal vez es precisamente eso: el dolor, la traba del pasado, la dificultad para alcanzar lo que otros han alcanzado en los estudios, en el trabajo, etc.; esa mala decisión cuyas consecuencias hoy se debe asumir, la depresión... Adolecemos de muchas cosas que nos parece mejor esconder para que nadie opine de ellas, nadie sienta compasión/pena de nosotros, nadie nos tome como mal ejemplo frente a los demás y, finalmente, nadie nos discrimine o aisle del grupo cercano.

Cuando era niño le pregunté a mi mamá qué cosas podía contarle a Dios. Su respuesta fue tan clara que nunca la olvidé: "Puedes contarle todo y con muchos detalles". ¿Será cierto? ¿Puede alguien escuchar todo aquello que ocultamos? Contarle todo a Dios con lujo de detalles y con la verdad por delante, me ha hecho entender el corazón del Padre. No se cansa de oír, se deleita en nuestras oraciones y ama la intimidad. En esa intimidad podemos entender que antes que le contemos todo, ya lo sabe, pero abrir nuestro corazón delante de Él, nos da libertad. Y cuando confiamos todo a Él, su amor se encarga de contenernos y sanarnos; y su poder de animarnos a seguir adelante sin mirar los errores o dolores del pasado.