2 de julio de 2014

Entre la tensión y distensión

Echando una mirada a la historia personal y también la de otros, puedo ver que vivimos en un proceso continuo de tensión y distensión. Lo veo al leer cada historia de Jesús: en un mismo día sanaba a todos los enfermos y los fariseos hablaban de apedrearlo; en un mismo instante sanaba a una mujer encorvada y lo criticaban por sanar en día de reposo. Al apóstol Pablo, en uno de sus viajes, se le aparece un ángel que le dijo que el Señor estaba con él y que, a pesar de las penurias que ya había pasado, llegaría sano y salvo hacia donde se dirigía. Sin embargo, al poco tiempo el barco naufraga y, en efecto, se cumplió la promesa. Ante esto me pregunto: ¿cuál es el evangelio que muchas veces predicamos? ¿es ese evangelio que lo soluciona todo y en donde no se sufre? ¿es ese evangelio que no incluye crisis y conflictos?

Siempre se ha dicho que las crisis ayudan a desarrollar carácter y sabiduría en la vida. Creo que esto también se aplica en el evangelio. Cuando pasamos crisis de fe, e incluso cuestionamos lo que creemos, esto mismo nos ayuda y desafía a buscar más al Señor. Esto mismo nos ayuda a darnos cuenta que la vida luego de convertirnos no es plana, hermosa y llena de paz. De pronto nos encontramos con tensión y rechazo; conflictos y oraciones a veces no respondidas. Esto nos desafía a algo: a ya no ser personas sólo convertidas, sino además, discípulos que siguen las pisadas de Jesús, incluso en sus sufrimientos.

Esto mismo me lo cuestioné una vez.. le pregunté al Señor donde estaba en un momento difícil que estaba viviendo y si se acordaba de mí. Su respuesta fue tan clara que aún la recuerdo con la misma emoción que en ese momento: "Yo te amo más de lo que tú imaginas". Eso es suficiente para enfrentar las crisis... es suficiente para enfrentar los conflictos y dudas de la vida. Mi oración en este tiempo no es que se solucionen los problemas, sino más bien, en tener la actitud correcta, no centrada en mí sino en Él, como su discípulo.