27 de julio de 2015

Hambre de ser compasivos

Cuando uno tiene un sentido de justicia muy celoso, suele confundirse que nos volvemos duros, insensibles, indolentes e incapaces de perdonar. Esto porque la justicia que muchas veces decimos defender, es una justicia basada en las heridas y los deseos de venganza. Eso no puede estar más lejos de lo que el Señor, parado en un monte frente a sus discípulos, nos quiso decir. La mayor virtud no es salir vencedor en una disputa o sacar a la luz la verdad, sino más bien es creer que esa victoria frente a una persona o circunstancia, vaya a servir para traer luz y reconciliación.

Es tan delgado el límite cuando nos aferramos a una "verdad", que existe el peligro de caer en aquello que menos queremos: intolerancia y falta de amor. Por eso no llama la atención que aquellos que más buscan justicia, son los menos tolerantes cuando hay personas que opinan distinto a ellos. Por eso es que a veces encontramos personas que atacan ciertas conductas en otros, pero cuando las hacen ellos, pasan por errores no forzados. Esto sucede cuando enfocamos la justicia en nosotros y no tenemos la capacidad de quitar la viga que hay en nuestros ojos para poder ver al otro y ayudarle a ver mejor. Por eso cuando tenemos hambre y sed de justicia de la que Jesús enseña, caeremos instantáneamente en la siguiente bienaventuranza: "Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión".

Hay un dicho popular que dice que todo en la vida se devuelve. Sea bueno o malo, todo lo que sembramos, eso también cosecharemos. Esto me lleva a reflexionar sobre cuántas veces en la vida he creído que algo es justo, pero sólo era justo para beneficiarme a mí y no al que estaba a mi lado. Si siembro egoísmo, también eso voy a cosechar. Si siembro ira, sembraré ira de parte de los demás. Si siembro discordia, me quedaré sin amigos. Ser compasivos tiene que ver justamente con beneficiar al otro. Es justamente defender al desvalido. Es justamente pensar en quien me ha herido y no continuar el círculo de devolverle al otro lo que me hizo. Es duro pero se puede ser compasivo con quien me está continuamente dañando... Y pese a que duele, cosecharemos algo al final del camino: compasión de los demás. Y generará en nosotros una característica que no es propia del género humano por estos días: un corazón limpio, que puede ver a Dios claramente porque no está ligado a heridas o se embandera por causas que tienen que ver con defender la dignidad personal por sobre la de otros, o se aferra a lo material. La buena noticia es que, en este proceso, no estamos solos; el Espíritu Santo nos ayuda.