24 de noviembre de 2011

Años dando vueltas




Sí. Nos fuimos dolidos. Heridos y en silencio decidimos no hablarlo con nadie de la iglesia. De hecho fue lo mejor que pudimos haber hecho porque hablar habría ocasionado mayor división. No es fácil que los pastores de tu iglesia te traten de rebelde o te digan que has mentido al Espíritu Santo o que has pecado con pecados de grueso calibre. Claro que a nadie agrada que lo descalifiquen o te hagan sentir culpable por decir lo que uno piensa. Tampoco que te digan que si te vas a de la iglesia, Dios no te iba a bendecir.

En esa iglesia estuve por más de 18 años. Me crié ahí, tenía a mi familia ahí, tenía a mis amigos, tenía mi mundo construido dentro de esa iglesia. De hecho siempre pensé que permanecería toda mi vida ahí y que mi familia se formaría dentro de ese lugar. Siempre me acuerdo de las veces en que nos juntábamos temprano a orar los sábados y que terminábamos llenos del Espíritu Santo, llorando en el hombro de alguien, simplemente por el hecho de sentir que Él estaba allí, con nosotros. O esos domingos en que subíamos a orar al cerro cercano a la iglesia y la gente era sanada de enfermedades físicas, heridas internas o se convertía al Señor.
Fueron años de entrega para llevar el reino de Dios a un lugar alejado de Maipú, en la Rinconada. En campamentos y retiros. Entre sonidos de cuerdas y baterías. Entre oraciones por otros, liberación de demonios, adoración y pasión por Él. A veces había mucho cansancio físico, pero recuerdo que las mañanas pasaban rápido entre conversaciones y adoración.

Cuando salimos de esa iglesia, como lo dije anteriormente, nadie supo muy bien las razones. De hecho hasta ahora muy pocas personas saben. El punto es que después que salí de esa iglesia, me encontré con un mundo totalmente nuevo. Fue como amanecer en la casa de un extraño y no saber cómo volver a casa. Fueron 2 años de vagar por iglesias y lugares donde encontrar de nuevo un lugar donde formar parte de una comunidad. Muchos amigos me invitaron a sus iglesias, sin embargo, internamente yo no estaba bien. Seguía dolido y sin perdonar. Habían cosas que no podía concebir que sucedieran y vino en mí una de mis más profundas crisis de fe y crisis eclesiásticas. Me desilusioné de los pastores y llegué a asumir que todos eran iguales. Sin embargo, todo eso se debía a que seguía guardando rencor en mi interior.

De a poco todo volvió a brillar. Lo único que hice fue aferrarme al Señor con todas mis fuerzas, que era lo único seguro que tenía y tengo. Y a partir de eso, Él fue sanando mi corazón. Extrañamente perdoné gracias a que Dios me mostraba las cosas malas que estaba alojando en mi corazón, como el rencor o los malos deseos. Poco a poco, fui sintiendo cómo el peso era menos y me sentía libre. Fue un proceso de años y se caracteriza por ser un tiempo de inestabilidad, incertidumbre y sobre todo inseguridad. Hay mucho cuestionamiento interno y mucha autocrítica. Es un tiempo donde pareciera ser que no se ve ninguna puerta y uno tiende a mirar hacia dentro y no buscar lo que realmente el Señor quiere enseñarnos.

En ese cuestionamiento muchas veces le pregunté a Dios qué quería enseñarme a través de todo esto y si era verdad que ahora Él no me iba a bendecir como me dijeron. La respuesta fue el silencio. Por mucho tiempo Dios calló y no me dijo nada. Cierto día colapsé y le pedí a un pastor de la iglesia (que es a la que ahora asisto) que orara por mí. Nos sentamos aparte y entre medio de la oración me dijo de parte de Dios: "Tú tienes un llamado muy profundo, el cual no he olvidado". Esa palabra me dio esperanza de que Él estaba en control de todo y que no me había olvidado, sino más bien que estaba pendiente. Y así recuerdo dos oraciones más en donde personas distintas me dijeron de una u otra manera que Dios estaba allí... que seguía presente y que nada había salido de su control. Fue cuando comencé a ver un nuevo amanecer...

He escrito esto porque he visto a muchos amigos que se han alejado de la iglesia, desilusionados de todo el "sistema eclesiástico". Otros se han alejado del Señor, lo cual es más lamentable. Quienes han experimentado la salida dolorosa de una iglesia, saben que experimentar una ofensa de una persona que es cristiana, te duele el doble. Pero es necesario algún día salir del hoyo donde ese conflicto nos ha arrojado. He visto que otros se han conformado a no tomar en cuenta la iglesia, y sólo se refugian en la gloria del pasado sin tener experiencias con Dios presentes y reales que cambien sus vidas y las de otros. Lo más importante es ser capaz de perdonar y no guardar rencor contra otra persona, menos difamarla. Las traiciones pueden venir de personas cristianas o no cristianas... eso hay que entenderlo. Pero esta realidad no la debemos mirar desde el ojo de la crítica, sino desde la mirada de Dios, es decir, desde la perspectiva de que todo nos ayuda a bien y que debemos madurar y aprender de todo esto. Entendiendo esto, la restauración es mucho más rápido.

" Señor... muchas veces experimentamos situaciones dolorosas que nos llevan a profundas crisis de fe y que nos llevan a cuestionarnos todo. A veces nos cuesta volver a adaptarnos, porque seguimos con la mentalidad antigua, cuando tú ya sigues avanzando hacia el siguiente paso.
La salida de una iglesia no es sencilla. Menos si es abrupta y dolorosa. Ayúdanos a ser humildes en perdonar y en volvernos a ti en todo momento. Que si salimos de un lugar, sea para crecer más y no para ser causa de mayor división. En cualquier caso, muéstranos tu gracia y tu palabra, de tal manera que sepamos que tú sigues allí presente para nosotros, y en control de todo. En este camino, también enséñanos a amarte más, buscarte más y tomar las decisiones correctas"


4 de noviembre de 2011

[...]

A veces uno cree que lo hace todo bien, sin embargo, no es así. Y es en ese momento donde me doy cuenta que estoy más cerca de Jesús, porque no se trata de mis fuerzas, de mis buenas intenciones, de mis buenas acciones o de mi aceptación delante de los demás; sino sólo de él.

"Señor, tú me conoces. Sabes que desde niño confío en ti. No ha sido fácil considerando las diferentes presiones que hay alrededor... presiones sociales, familiares; presiones de aparentar más o de ser más perfecto. Sabes que te amo por sobre todas las cosas y que eres mi mayor pasión. Creo que eres lo más importante por sobre todo y que puedo depender de ti en todo momento... Eres mi todo en todo. Lo que me pasa es que, inconscientemente, busco ser perfecto y así ser aceptado por los demás... Eso es lo que muchas veces busca mi corazón... Esa aceptación solamente la encuentro en ti y en tu amor. Te pido que me ayudes, porque deseo con todo mi corazón buscar lo que a ti te agrada por sobre los comentarios de los demás alrededor.

1 de noviembre de 2011

Llamados a predicar, no a condenar

En la búsqueda de la santidad, siempre me he hallado en la misma encrucijada de pensar si soy digno ante los ojos de Dios. Cuando pienso en cómo soy y en mis defectos, muchas veces le digo a Dios: "¿Qué es lo que viste en mí?" Y eso se lo vuelvo a preguntar una y otra vez, encontrando siempre la respuesta en su amor incondicional y en que debo dar todo de mí para ser como Él. Pese a eso, siempre hay nuevos errores que aparecen y cada vez que me decido a buscarle con más pasión, vienen adversidades. Con todo, Él me ama y ama a quienes le buscan de todo corazón, aunque pequen todo el tiempo. Claramente esto no nos da licencia para pecar cuando nosotros lo deseemos, sino más bien se traduce en una motivación a amarle más y a obedecer sus mandamientos.

El evangelio es lo más desprejuiciado que hay. O al menos eso debería ser. Está plasmado de principio a fin de un mensaje de aceptación, de perdón y de libertad. Cuando uno predica a Jesús, debe saber que es Él quien escoge a las personas. Uno a veces mira alrededor y comienza a decir: "Este seguramente será escogido por Dios y este no"... Descartamos a quienes son más malos, ignorando que Dios ama y escoge a quienes quiere. Cuando predicamos el evangelio, debemos saber que nosotros somos los primeros pecadores y que es gracias a Jesús que podemos hablar de Él con la conciencia tranquila o con la mentalidad de perdón en nuestras palabras.

Si hablamos de Jesús, debemos sacudirnos de hablar de un mensaje de condenación que atrape a las personas en un sistema religioso, o en una lista de mandamientos como "tienes que orar" o "tienes que portarte bien" como si eso fuera el centro. Si hablamos de Jesús, debemos hablar acerca de tener una relación con Él. De esa relación surge el orar o portarse bien, pero no al revés. Con nuestras fuerzas no podemos ser santos y menos hacer que los demás lo sean. Por eso nuestra labor en el reino es colaborar en extenderlo y llevar a las personas a que lo conozcan a Él.