27 de agosto de 2006

Un arma invencible


Recordando tiempos antiguos, doy gracias a Dios por lo aprendido, por sentirme amado, cuidado, abrazado. Sobre todo porque descubrí el poder de la alabanza. Y creo que hay mucho más que aprender. Aquel que adora a Dios tiene poder en Él, porque declara su presencia en todo lugar y declara los atributos de Dios.
No me digan que es mentira; porque adoradores busca Dios, que se levanten con música, danzas, panderos, flautas, y a una sola voz clamar a los cielos por misericordia.

Alaben a Dios entre los pueblos
las naciones proclamen su poder
y su gloria llene toda la tierra.

No es fantasía, no es una utopía.
Cuando alabas hay algo que sucede
Los ángeles del cielo se ponen de pìe
y entonan alabanzas al Cordero.

No me digan que es mentira.
La alabanza tiene poder,
poder para vencer.
Vence tinieblas, mentiras, hipocresía y todo

Alábenle siempre, con toda libertad
porque al alzar las manos hay poder en Él.
Porque al saltar algo nuevo se desata.
Porque al aplaudir proclamamos al Santo

Alábenle con sus cuerpos,
no se retengan más.
Tiempo delevantarse del polvo
y sin vergüenza proclamar al que vive.

Si a los cantantes famoso el mundo adora,
¡cuánto más nosotros!
¡A jesús, pasión de multitudes!
Alábenle más que a los cantantes,
y habrán frutos en sus manos.
Porque cada gesto, cada entrega, cada ofrenda,
es una semilla que puedes darle a Él.

(Cuando enfrentes grandes problemas, no olvides que adorar es un arma en tus manos. Dios sabe que no exagero)

La foto de arriba corresponde al año 2005. Rinconada de Maipú

20 de agosto de 2006

Llévame a la cruz


Las palabras se han acortado... El discurso es más sencillo de lo que parece y en medio de la neblina, de pronto el sol dispersa todo lo que antes no me dejaba ver. No quiero hacer comparación con alguna persona... No quiero ser más que nadie... Y aunque soy un gran necesitado lo único que me puede hacer similar a Cristo es ir a la cruz. Y ese es mi clamor: ¡Señor, llévame a la cruz! Junto con todos mis deseos, sueños, dolores, traiciones; a crucificar mi carne por la causa, a crucificar mi pasado en Él.
Porque si queremos ser iguales a Cristo, debemos ser como Juan, que fue el único discípulo que estuvo al pie de la cruz. Al pie del que sangraba gota a gota y clamaba sin cesar: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Ese es el carácter de Cristo: que todo lo perdona, que todo lo sufre, que es capaz de morir por otros. Mi único clamor es estar crucificado con Él.

"Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos" (Gálatas 5:24)

13 de agosto de 2006

Tempestad

Necesito descargarme con algo. Algo que me asegure sacar todo lo que tengo guardado acá adentro. No quiero seguir pensando... no puedo más. El invierno es crudo, y más cuando pasa en el corazón. Anhelo los momentos de amor con el Padre, de decirle "no me dejes más, no te quiero sentir lejano... abrázame otra vez".
No es fácil que el mundo de pronto se achique y la culpa invada nuevamente todos y cada uno de los pensamientos. No me digan nada... Todos sabemos lo que hay que hacer en esos momentos. No me digan: "Dios te ama", ni tampoco "espera en el Señor", porque lo sé. Ni quisiera que nadie me hablara... sólo me abrazara.
Perdonar es un proceso desgarrador. Hasta las lágrimas. Me despierto y sé que a la noche tendré que perdonar otra vez, por las palabras, por los golpes duros a la emoción, por la culpa vertida, por los vómitos derramados. No quiero más odio. ¡Suéltenme de una vez! ¡Dios es mi libertador, nada de nada me dañará! ¡Aunque se levante guerra, la confianza mía es él!

¿Te acuerdas cuándo te conocí?
Casi moría por verte a ti
Cuando anhelaste mi corazón,
y yo el tuyo.
Ven, que muero de amor,
que mis lágrimas ya no resisten horror,
que invade la incertidumbre,
estoy cansado de andar.
Dame fuerzas para seguir,
y no me abandones más.

Fórmame, entréname
enséñame a vivir,
como tú...
y nadie más que tú.
Bendición por maldición,
mal por bien,
golpe por caricia,
amor por odio,
aliento por culpa.

Enséñame a morir...
y vivir en ti

5 de agosto de 2006

Te perdono



Esperé de ti un gran abrazo,
sólo por ser yo y no por mis logros.
Esperé de ti que de noche me dijeras: "buenas noches",
pero recibí a cambio una mirada de odio,
y de angustia.

Esperé de ti un beso,
cuando llegabas del trabajo,
pero a veces pasabas sin saludarme
quizás fui invisible ante ti,
quizás dijiste: "él ya no existe para mí".

Esperé de ti que me amaras tal cual soy,
y que me dijeras te necesito,
pero recibí de ti ásperas palabras:
destrucción, engaño y rencor.

Quizás esperabas de mí un beso,
cuando llegaba de estudiar,
y no lo recibiste,
pasé de largo,
también callé.
Perdoname...

Esperé que un día me dijeras:
"hijo estoy contigo",
pero recibí los látigos de tu indiferencia.
Callé... no te respondí
decidí no hablar maldición contra ti.

Pero aunque hayamos pasado eso,
te quiero, te extraño como a un niño
y por eso te perdono...
El vacío era muy grande.
Te perdono, te abrazo, te canto
te beso, te amo, me rindo.
Otra vez...

Quizás no lo entiendas,
pero hoy suelto la horca
con que me estaba muriendo
de dolor y desilusión por ti.
Y te perdono...

Me cuesta hasta las lágrimas decirlo,
me desprendo,
me desgarro,
pero vuelvo a vivir,
recusito, me elevo otra vez.

¿Qué esperar de ti, papá?
Que vuelvas a amar.
El amor todo lo cree,
todo lo sufre, todo lo soporta.
El amor nunca dejará de ser...