Hace dos años vivía una vida llena de ideas, con sueños que quería cumplir y con ilusiones acerca de proyectos en mi vida y familia. Sin embargo, me he dado cuenta de mi propio estancamiento... Ya no le creo mucho a la gente cuando habla conmigo... Si alguien me habla agresivamente, ya no me quedo callado como antes. Ya casi no miro a la gente que pide dinero en la calle y tal vez, lo que es peor, me subo a la micro en las mañanas y si veo un asiento vacío me siento y me duermo hasta que llega el momento de bajarme.
En el GBU trabajé de manera apasionada por muchos años, soñando proyectos que contribuirían a llevar más estudiantes a los pies de Cristo. Ya poco de eso queda... me he estancado en eso también, sin poder ver lo que Dios quiere hacer para esta generación.
En el trabajo he sentido en los largos 4 años decepción tras decepción... si bien es buen trabajo, me he desgastado tratando de solucionar problemas casi todas las semanas. Eso realmente es cansador y he sentido que ha cambiado mucho mi manera de tratar a las personas... Desconfío más, reclamo mucho más, me enojo constantemente y me quejo más.
Sin duda esos cambios no son buenos. Me hallo en el sitio exacto que hace algunos años criticaba. Veía cómo la gente en la medida que se ponía más vieja, se ponía seria e incluso grave. Y, aunque es cierto que hay que tomar las responsabilidades con seriedad, a veces me siento dando bote en la misma rutina de siempre, queriendo salir de este sitio.
Con las amistades también me he estancado... Me he dedicado a cultivar sólo algunas amistades y extraño a muchos amigos que el tiempo y la falta de conversación han ido dejando en el pasado. Es cierto que no se puede tener una amistad íntima con muuuucha gente, pero me siento responsable de algunas que he perdido por omisión.
Esto me lleva a pensar que debo tomar medidas para cambiar el rumbo y enforcar nuevamente mi vida en aquellos sueños que el Señor quiera revelarme para esta etapa de mi vida. Y confiar más... reír más... quejarme menos... mirar más a mi alrededor.
Dios se encargó de hacer todo de nuevo, con un nuevo comienzo. Les invito a celebrar conmigo los milagros increíbles que Él hace cuando le creemos!!
28 de octubre de 2015
14 de septiembre de 2015
Dejando de dar vueltas
Uno puede pasar muchos años dando vueltas sobre un mismo desierto. Ese desierto puede ser una experiencia que nos marcó en el pasado y sobre la cual seguimos llorando o lamentándonos. También podría ser una forma de pensar que nos ha mantenido insensibles e indolentes. O falta de perdón. O incluso ese desierto puede ser el dinero, el cual nos puede mantener presos de una mentalidad de pobreza, de que nunca lograré nada por falta de recursos; o, en el otro extremo, un gran éxito que nos une de tal manera a las riquezas, que pensamos que nunca acabarán y terminamos mirando en menos a otros o siendo avaros.
El pueblo de Israel no le creyó al Señor... No creyeron que Él los llevaría a una tierra fértil, y que les daría la fuerza para derrotar a enemigos más fuertes que ellos. No creyeron que el Señor sería capaz de sostenerlos y escogieron quejarse, lamentarse, tener ganas de volver a Egipto... a ese pasado de esclavitud. Escogieron mirar atrás en vez de mirar hacia Canaán. Aquel era el lugar de la promesa que Dios había hecho incluso a Abraham, Isaac y Jacob. No fueron capaces de ver más allá de sus necesidades... y murieron en el desierto, dando vueltas por 40 años.
Esto me ha hecho pensar mucho en cuál es el actual desierto sobre el cual me estoy moviendo por años y que no he podido dejar ver las promesas que el Señor ha puesto sobre mí y mi familia. Muchas veces me he movido en el desierto de la queja y la lamentación... el cual ha confirmado que no veré nada nuevo si me sigo quejando y no permito que el Dios me cambie y vea más allá de los problemas o conflictos. Por eso pienso que necesito dejar de caminar por ese desierto espiritual... ese desierto donde sólo me dejo dominar por lo que que veo y no pienso en lo que Dios me ha prometido.
Dejar de dar vueltas a veces implica dejar atrás a personas que no nos hacen bien. Significa no tratar de cambiar a quienes nos rodean todo el tiempo, sino más bien, mirar a Jesús y entregar todo aquello que sale de nuestro control. Dejar de dar vueltas significa sacarnos el peso de encima y dejar de sufrir por aquello que no podemos cambiar. Dejar de añorar tiempos pasados que no volverán y levantar la vista hacia lo que vivimos ahora. Declarar sobre nuestras vidas lo que el salmista decía: "Dios cumplirá su propósito en mí". Y de una vez por todas creer. Soltar el temor a quedarse sin dinero. Soltar el temor al rechazo. Soltar el temor a quedarnos solos. Soltar la comparación con los demás. Soltar nuestro ego y nuestra reputación.
Y tú, ¿en qué has seguido dando vueltas estos últimos años y que te impide mirar la "tierra prometida"?
8 de septiembre de 2015
Este es mi clamor
A veces uno quiere que todo resulte bien. Que el compañero de trabajo llegue de buena, que la otra señora no se altere por muchas cosas y que, en cierta medida, todo surja sin grandes imprevistos.
A veces queremos panoramas ideales, tan ideales que nos frustramos cuando nuestros planes no funcionan... o si de repente el compañero de trabajo llegó estresado, o la señora se alteró por cualquier cosa.
Por eso, cámbiame Señor. Cambia mi corazón y la manera en que miro las circunstancias a mi alrededor. Cámbiame y hazme ver todo aquello que nunca he visto en los demás, hasta ser capaz de amar a mi adversario, amar a aquel que habla mal de mí, amar a aquel que me pasa a llevar.
Pero para ese cambio, te necesito. No puedo solo. Cuando he tratado de cambiar solo, he tenido un único resultado: frustración. Frustración en esforzarse por que las cosas resulten como uno quiere que resulten. Sin embargo, al final uno se da cuenta que la vida se hace de muchos pedazos de cuadros rotos, que tú comienzas a armar por medio del lazo más fuerte: tu gracia. Es esa gracia que me grita a diario que no dependa de mí para realizar las cosas. Que no dependa del carácter del compañero de trabajo o de las reacciones de la otra señora. Que no malgaste mis energías y recursos en tratar de cambiarlo todo para hacerlo un panorama ideal. Que simplemente depende de ti en medio de la turbulencia, en medio de la adversidad, en medio de los diferentes caracteres, en medio de la escasez, en medio de la abundancia y el éxito, en medio de los rencores... En resumen, que mire a la cruz y me sea revelado el gran secreto: consumado es...
No te quiero como un concepto. No quiero acudir a ti cuando me encuentre en dolor o necesidad. Más bien, anhelo el silbo apacible de tu presencia. Anhelo el abrazo profundo de un padre que ama a su hijo. Anhelo tu voz, la cual aparece y ruge en medio de los escollos de la vida. Señor, anhelo verte.. no como un concepto, no como "algo" a quien acudir o como un dogma de cosas que cumplir. Anhelo conocer al Dios de las Escrituras... Y ser lleno de ti y de tu Espíritu para hablar sin temor a ser rechazado, sin temor a ser insultado, sin temor a las burlas.
A veces queremos panoramas ideales, tan ideales que nos frustramos cuando nuestros planes no funcionan... o si de repente el compañero de trabajo llegó estresado, o la señora se alteró por cualquier cosa.
Por eso, cámbiame Señor. Cambia mi corazón y la manera en que miro las circunstancias a mi alrededor. Cámbiame y hazme ver todo aquello que nunca he visto en los demás, hasta ser capaz de amar a mi adversario, amar a aquel que habla mal de mí, amar a aquel que me pasa a llevar.
Pero para ese cambio, te necesito. No puedo solo. Cuando he tratado de cambiar solo, he tenido un único resultado: frustración. Frustración en esforzarse por que las cosas resulten como uno quiere que resulten. Sin embargo, al final uno se da cuenta que la vida se hace de muchos pedazos de cuadros rotos, que tú comienzas a armar por medio del lazo más fuerte: tu gracia. Es esa gracia que me grita a diario que no dependa de mí para realizar las cosas. Que no dependa del carácter del compañero de trabajo o de las reacciones de la otra señora. Que no malgaste mis energías y recursos en tratar de cambiarlo todo para hacerlo un panorama ideal. Que simplemente depende de ti en medio de la turbulencia, en medio de la adversidad, en medio de los diferentes caracteres, en medio de la escasez, en medio de la abundancia y el éxito, en medio de los rencores... En resumen, que mire a la cruz y me sea revelado el gran secreto: consumado es...
No te quiero como un concepto. No quiero acudir a ti cuando me encuentre en dolor o necesidad. Más bien, anhelo el silbo apacible de tu presencia. Anhelo el abrazo profundo de un padre que ama a su hijo. Anhelo tu voz, la cual aparece y ruge en medio de los escollos de la vida. Señor, anhelo verte.. no como un concepto, no como "algo" a quien acudir o como un dogma de cosas que cumplir. Anhelo conocer al Dios de las Escrituras... Y ser lleno de ti y de tu Espíritu para hablar sin temor a ser rechazado, sin temor a ser insultado, sin temor a las burlas.
1 de agosto de 2015
Mi escondite, mi escudo, mi esperanza
Hoy leí lo siguiente:
"Tú eres mi escondite y mi escudo; en tu palabra he puesto mi esperanza" (Salmo 119:114)
Entonces me digo a mí mismo:
- ¿Por qué te afanas?
- ¿Por qué no piensas en dejar de sentirte presionado por el trabajo, los estudios o la presión social?
- ¿Por qué no descansas en que hagas lo que hagas, Dios estará contigo?
- ¿Por qué no pruebas confiar más que lamentar por qué una cosa no resultó?
- ¿Por qué no agradeces más y te quejas menos?
- ¿Por qué sigues poniendo tu esperanza en el dinero o en el trabajo?
- ¿Ha fallado el Señor a alguna de sus promesas?
- ¿Él es tu escondite actualmente? ¿Es tu escudo? ¿Es tu esperanza?
27 de julio de 2015
Hambre de ser compasivos
Cuando uno tiene un sentido de justicia muy celoso, suele confundirse que nos volvemos duros, insensibles, indolentes e incapaces de perdonar. Esto porque la justicia que muchas veces decimos defender, es una justicia basada en las heridas y los deseos de venganza. Eso no puede estar más lejos de lo que el Señor, parado en un monte frente a sus discípulos, nos quiso decir. La mayor virtud no es salir vencedor en una disputa o sacar a la luz la verdad, sino más bien es creer que esa victoria frente a una persona o circunstancia, vaya a servir para traer luz y reconciliación.
Es tan delgado el límite cuando nos aferramos a una "verdad", que existe el peligro de caer en aquello que menos queremos: intolerancia y falta de amor. Por eso no llama la atención que aquellos que más buscan justicia, son los menos tolerantes cuando hay personas que opinan distinto a ellos. Por eso es que a veces encontramos personas que atacan ciertas conductas en otros, pero cuando las hacen ellos, pasan por errores no forzados. Esto sucede cuando enfocamos la justicia en nosotros y no tenemos la capacidad de quitar la viga que hay en nuestros ojos para poder ver al otro y ayudarle a ver mejor. Por eso cuando tenemos hambre y sed de justicia de la que Jesús enseña, caeremos instantáneamente en la siguiente bienaventuranza: "Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión".
Hay un dicho popular que dice que todo en la vida se devuelve. Sea bueno o malo, todo lo que sembramos, eso también cosecharemos. Esto me lleva a reflexionar sobre cuántas veces en la vida he creído que algo es justo, pero sólo era justo para beneficiarme a mí y no al que estaba a mi lado. Si siembro egoísmo, también eso voy a cosechar. Si siembro ira, sembraré ira de parte de los demás. Si siembro discordia, me quedaré sin amigos. Ser compasivos tiene que ver justamente con beneficiar al otro. Es justamente defender al desvalido. Es justamente pensar en quien me ha herido y no continuar el círculo de devolverle al otro lo que me hizo. Es duro pero se puede ser compasivo con quien me está continuamente dañando... Y pese a que duele, cosecharemos algo al final del camino: compasión de los demás. Y generará en nosotros una característica que no es propia del género humano por estos días: un corazón limpio, que puede ver a Dios claramente porque no está ligado a heridas o se embandera por causas que tienen que ver con defender la dignidad personal por sobre la de otros, o se aferra a lo material. La buena noticia es que, en este proceso, no estamos solos; el Espíritu Santo nos ayuda.
Es tan delgado el límite cuando nos aferramos a una "verdad", que existe el peligro de caer en aquello que menos queremos: intolerancia y falta de amor. Por eso no llama la atención que aquellos que más buscan justicia, son los menos tolerantes cuando hay personas que opinan distinto a ellos. Por eso es que a veces encontramos personas que atacan ciertas conductas en otros, pero cuando las hacen ellos, pasan por errores no forzados. Esto sucede cuando enfocamos la justicia en nosotros y no tenemos la capacidad de quitar la viga que hay en nuestros ojos para poder ver al otro y ayudarle a ver mejor. Por eso cuando tenemos hambre y sed de justicia de la que Jesús enseña, caeremos instantáneamente en la siguiente bienaventuranza: "Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión".
Hay un dicho popular que dice que todo en la vida se devuelve. Sea bueno o malo, todo lo que sembramos, eso también cosecharemos. Esto me lleva a reflexionar sobre cuántas veces en la vida he creído que algo es justo, pero sólo era justo para beneficiarme a mí y no al que estaba a mi lado. Si siembro egoísmo, también eso voy a cosechar. Si siembro ira, sembraré ira de parte de los demás. Si siembro discordia, me quedaré sin amigos. Ser compasivos tiene que ver justamente con beneficiar al otro. Es justamente defender al desvalido. Es justamente pensar en quien me ha herido y no continuar el círculo de devolverle al otro lo que me hizo. Es duro pero se puede ser compasivo con quien me está continuamente dañando... Y pese a que duele, cosecharemos algo al final del camino: compasión de los demás. Y generará en nosotros una característica que no es propia del género humano por estos días: un corazón limpio, que puede ver a Dios claramente porque no está ligado a heridas o se embandera por causas que tienen que ver con defender la dignidad personal por sobre la de otros, o se aferra a lo material. La buena noticia es que, en este proceso, no estamos solos; el Espíritu Santo nos ayuda.
29 de marzo de 2015
Hambre y sed de justicia
Ese día quise golpearlo hasta dejarlo herido. No quería volver a verlo más. En mi interior algo quería: cobrar justicia y venganza por mis propias manos.
Las cosas no andaban bien por esos días en mi familia y toda mi rabia la descargué contra mi papá. Y aunque podía tener la razón en ese momento y haya tratado de anhelar con todas mis fuerzas la justicia, lo cierto es que quedé más herido.
He escuchado a muchas personas dañadas por injusticias de la vida. De hecho, vivimos constantemente lidiando con la injusticia. Desde la injusticia e inequidad social, hasta la injusticia que se da al interior de las familias y trabajos. Hay muchas personas que de todas esas injusticias, se vuelven muy buenas para criticar todo, para hablar mal de las personas alrededor, etc. El fruto de ese tipo de anhelo de justicia, es un fruto podrido, que solamente exhala mal olor.
El hambre y sed de justicia que nos llama el Señor, no es motivado por nuestras propias fuerzas. Es motivado por lo que Él puede hacer. Por eso dice que son bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos SERÁN saciados. No dice "porque ellos serán los que la ejecuten". Es muy diferente poner todas nuestras heridas en las manos del Señor, a hacer que esas heridas generen grandes deseos de desquitarnos con todos. Lo cierto es que muchas veces, incluso conociendo a Dios, seguimos creyendo que la justicia debe ser ejecutada por nosotros.
Luego de dos días de esa noche en que discutí con mi papá, el Espítitu Santo me llevó a pedirle perdón. Entendí que no se trataba de lo que yo pudiera hacer, por más que tuviera la razón... Es mucho mejor dejar que el Señor sea quien haga justicia y no nosotros. Su justicia es duradera y causará felicidad al final del camino.
Las cosas no andaban bien por esos días en mi familia y toda mi rabia la descargué contra mi papá. Y aunque podía tener la razón en ese momento y haya tratado de anhelar con todas mis fuerzas la justicia, lo cierto es que quedé más herido.
He escuchado a muchas personas dañadas por injusticias de la vida. De hecho, vivimos constantemente lidiando con la injusticia. Desde la injusticia e inequidad social, hasta la injusticia que se da al interior de las familias y trabajos. Hay muchas personas que de todas esas injusticias, se vuelven muy buenas para criticar todo, para hablar mal de las personas alrededor, etc. El fruto de ese tipo de anhelo de justicia, es un fruto podrido, que solamente exhala mal olor.
El hambre y sed de justicia que nos llama el Señor, no es motivado por nuestras propias fuerzas. Es motivado por lo que Él puede hacer. Por eso dice que son bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos SERÁN saciados. No dice "porque ellos serán los que la ejecuten". Es muy diferente poner todas nuestras heridas en las manos del Señor, a hacer que esas heridas generen grandes deseos de desquitarnos con todos. Lo cierto es que muchas veces, incluso conociendo a Dios, seguimos creyendo que la justicia debe ser ejecutada por nosotros.
Luego de dos días de esa noche en que discutí con mi papá, el Espítitu Santo me llevó a pedirle perdón. Entendí que no se trataba de lo que yo pudiera hacer, por más que tuviera la razón... Es mucho mejor dejar que el Señor sea quien haga justicia y no nosotros. Su justicia es duradera y causará felicidad al final del camino.
9 de marzo de 2015
Dichosos los humildes
No es fácil ser humilde. Se confunde mucho con timidez e inseguridad. Sin embargo, eso dista mucho del real concepto de humildad. Según la RAE, la humildad es la "virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento". Uff. ¡Qué difícil llegar a esto! Tal vez lo que más cuesta es desarrollar este autoconocimiento. Saber cuál es nuestra capacidad de soportar, de ser criticados, de enfrentar un desafío, etc. Tendemos a dejar que los demás controlen esta área del autoconcepto, sin permitir que Dios nos ayude a indagar en nuestros corazones para conocernos.
Como vemos, humildad tiene mucho que ver con identidad. Dios está muy interesado en que entendamos y creamos en la identidad que nos ha dado en Él. Identidad de hijos. Identidad de saber que no necesitamos aparentar para ser valorados, sino vivimos porque ya somos valorados. Tal vez por eso el resultado de la humildad sea el que señala Mateo 5:5b: "... porque ellos heredarán la tierra". Para recibir tal herencia que Dios tiene, es necesaria la humildad, para entender que no fue por nuestros méritos.
Quiero citarles unas palabras que escribí respecto a este mismo tema, pero en octubre de 2006. Creo que refleja mucho lo que quiero transmitirles:
""Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo..." (Filipenses 2:3)
Permítanme leer este versículo de atrás para adelante:
"Si cada uno estima a los demás como superiores a él mismo, entonces se evitarán contiendas y vanaglorias" (Del Autor)
(Sobre la humildad) Me llama tanto la atención esta palabra. Lejos de ser algo abstracto, es un concepto que toma cuerpo cada día. Decidimos tomarlo, o simplemente darle la espalda.
Dios promete estar cerca de los humildes y darles gracia. Si entendiéramos tan sólo un poco de la palabra, estoy seguro que clamaríamos al cielo para que Dios formara la humildad.
La humildad reconoce sus errores y pide ayuda.
La humildad no guarda rencor.
La humildad llora sin temor.
La humildad corre al amor y toma su mano.
La humildad considera a los demás como un ejemplo a seguir y extrae la sustancia más valiosa de cada persona para cultivarla en su propia vida.
La humildad no busca intereses personales.
La humildad es sincera.
La humildad es la primera que pide perdón y se humilla.
La humildad es madura.
La humildad prefiere el anonimato antes que la exaltación en público.
La humildad rechaza la hipocresía y los intereses creados.
La humildad busca el bien ajeno antes que el propio.
La humildad agrada a Dios y conquistar el corazón del Padre."
Quiero citarles unas palabras que escribí respecto a este mismo tema, pero en octubre de 2006. Creo que refleja mucho lo que quiero transmitirles:
""Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo..." (Filipenses 2:3)
Permítanme leer este versículo de atrás para adelante:
"Si cada uno estima a los demás como superiores a él mismo, entonces se evitarán contiendas y vanaglorias" (Del Autor)
(Sobre la humildad) Me llama tanto la atención esta palabra. Lejos de ser algo abstracto, es un concepto que toma cuerpo cada día. Decidimos tomarlo, o simplemente darle la espalda.
Dios promete estar cerca de los humildes y darles gracia. Si entendiéramos tan sólo un poco de la palabra, estoy seguro que clamaríamos al cielo para que Dios formara la humildad.
La humildad reconoce sus errores y pide ayuda.
La humildad no guarda rencor.
La humildad llora sin temor.
La humildad corre al amor y toma su mano.
La humildad considera a los demás como un ejemplo a seguir y extrae la sustancia más valiosa de cada persona para cultivarla en su propia vida.
La humildad no busca intereses personales.
La humildad es sincera.
La humildad es la primera que pide perdón y se humilla.
La humildad es madura.
La humildad prefiere el anonimato antes que la exaltación en público.
La humildad rechaza la hipocresía y los intereses creados.
La humildad busca el bien ajeno antes que el propio.
La humildad agrada a Dios y conquistar el corazón del Padre."
18 de febrero de 2015
Un paréntesis [...]
Me he quedado pensando de manera profunda en el consuelo y en cómo el dolor nos ha vuelto insensibles. Tal vez el dolor es lo más "justo" que existe en nuestra sociedad, dado que toca a gente rica y a gente pobre, a gente famosa y a gente anónima. Todos nos encontramos de frente con el dolor en algún momento y hay varios caminos por los que podemos optar:
1) Evitarlo, volviéndonos fríos, muchas veces insensibles no sólo a los demás sino a nuestros propios dolores.
2) Mantenernos heridos y adoloridos por mucho tiempo, haciendo de este dolor algo crónico y algo de lo cual somos esclavos.
3) Sufrirlo por el tiempo necesario, vivir el duelo, llorar... para luego secar nuestras lágrimas y seguir adelante, despojándonos de rencores y resentimientos.
No creo que esto sea algo estático... En diferentes momentos de la vida, enfrentamos de diferente manera el proceso del dolor, navegando entre la frialdad, la victimización y la sanidad. En ese proceso el Señor promete acompañarnos y guiarnos hacia la sanidad y el perdón. Es el mismo Señor que está en la tensión entre no encontrar el lugar/propósito deseado y haberlo encontrado. Por eso, cuando lloramos delante del Señor, Él promete tomar nuestras cargas y pelear la batalla por nosotros. No por nada dice que al corazón contrito y humillado él no lo despreciará.
Recuerdo bien un día en que estaba muy mal, en medio de circunstancias muy difíciles. Necesitaba llorar y soltar todo ese dolor que estaba viviendo. No necesitaba soluciones. No era el momento de reconciliaciones. Era el tiempo de llorar. Sin embargo, no podía. Fue en ese momento que un gran amigo llamado Jaime me dio ese empujón que necesitaba. ¡Qué bueno es tener amigos y una comunidad que a uno lo sostenga y ayude en tiempos difíciles! Por eso, lo mejor ante el dolor es buscar un amigo confiable y ser vulnerable de nuevo... confesar lo que creemos, lo que pensamos y lo que nos hace pensar. Lo importante es que, después de hacer todo eso, sequemos nuestras lágrimas, nos pongamos de pie y sigamos caminando, libres del peso del odio.
16 de febrero de 2015
Son felices los que lloran
Qué título más paradójico! Claramente el versículo 4 del capítulo 5 de Mateo no hace alusión al llanto originado de algo alegre, de una noticia extremadamente buena o nacida del fruto de la nostalgia. Es el que llora de dolor. No por nada, al decir "bienaventurados los que lloran", luego dice "porque serán consolados". Quiero detenerme en los dos verbos que forman el centro de esta bienaventuranza: llorar y ser consolados.
¿Cómo puede ser bienaventurado/dichoso alguien que llora? Al leer el versículo vemos que el verbo está en tiempo presente, es decir, bienaventurados/dichosos los que constantemente lloran. ¿Por qué se llora a veces? Lloramos cuando un dolor físico se hace insoportable o cuando tenemos mucho sueño y bostezamos. Sin embargo, también otras razones.... Por la pérdida de un ser querido. Por sentirse frustrado en relación a un plan que no resultó. Por sentirnos ofendidos por otro. Por la traición. Por depresión. Etc.
Vivimos en medio de un mundo muy rápido. Las comunicaciones llenan nuestra mente. Las redes sociales al instante nos llevan las noticias antes que los noticieros. Presionados en el sistema del trabajo o en querer cumplir con todo sin poder. Presionados por ser buenos en todo, como es socialmente aceptado. Por sacar un título. Por ganar tal sueldo. Por "ser alguien" en la vida. ¿Acaso eso no nos llevaría a un estado de frustración por no ser capaces? Sin embargo, nos cuesta llorar. A veces es mirado como símbolo de debilidad... A veces mirado como una emoción que no solucionará nada. Sin embargo, llorar es una emoción que no debe ser reprimida. Vivimos tan acelerados que ni siquiera sentimos lo que vivimos. Ni siquiera nos detenemos a pensar si nuestras vidas tienen propósito o debemos enmendar el rumbo. Llorar, a la vista de esta bienaventuranza, es una buena práctica que nos hace más sensibles a los problemas ajenos. Si no somos capaces de sensibilizarnos por alrededor y por nosotros mismos, entonces hemos perdido el rumbo. Esto no quiere decir que debamos andar llorando a cada rato o que esté promoviendo la autocompasión. Lo que sí quiero decir, es que son bienaventurados los capaces de llorar y ser sensibles. Aquellos que viven siendo sensibles, están más cerca de amar y de vivir apasionadamente sus vidas.
Por otra parte, la promesa es que aquellos que lloran, "serán consolados". No autoconsuelo. No un autocouching, no un consuelo que venga desde dentro. Sino que desde afuera. "Serán consolados". Por otros. A través de otros. Me gustaría que pensáramos no sólo en la última vez que lloramos, sino en la última vez que alguien nos consoló. A muchos les costaría encontrar una vez en que, como adultos, hayan sido consolados. Mucho de esto tiene que ver con que no dejamos ser consolados. Es más fácil autoconvencerse que debemos ser fuertes, a estar mostrando debilidad ante los demás. ¿Difícil no? Sobre todo si se lucha mucho con la autoestima, es más difícil "dejarse ver tal cual uno es". Es difícil mostrar vulnerabilidad. Por no querer que otros hablen de uno. Por no querer ser tema de conversación. Por haber sido dañados en el pasado. Por no mostrar nuestra verdadera cara. Etc. Esta bienaventuranza nos llama a algo: ser auténticos delante de otros y dejar que otros nos consuelen cuando estamos mal. Es algo duro de lograr. Entre medio pueden haber personas que terminen no siendo dignos de nuestra confianza. Sin embargo, bienaventurados son aquellos que constantemente lloran, porque serán consolados.
Oremos....
"No se trata de nosotros, Señor. A lo largo de la Biblia, y también de nuestra propia historia, terminamos dándonos cuenta que cuando centramos la vida en nosotros, perdemos el rumbo, nos volvemos duros, indolentes, egoístas, etc... Cuando centramos el dolor en nosotros y nuestra capacidad de sobreponernos, nos cuesta más superarlo. No por nada nos has hecho personas que necesitan relacionarse con otros en comunidad. Haznos dignos de esta bienaventuranza, porque al llorar y ser consolados, tú moldeas nuestro carácter y nos permites llegar a ser humildes y transparentes, libres de odio y de rencor. También úsanos para consolar, porque esta sociedad (y dentro de ella, nosotros) lo necesita. Necesita llorar. Necesita ser consolada. Necesita autenticidad. Amén."
12 de febrero de 2015
En búsqueda de la felicidad (Mateo 5)
Muchas veces he visto la película "En búsqueda de la felicidad" (The Pursuit of Happiness), la cual trata con un concepto y duro de la felicidad. Y en ella uno puede darse cuenta que la felicidad a la que todos aspiramos, es tal vez algo efímero, lleno de sacrificios previos o de anhelos no cumplidos.
La Real Academia Española define la felicidad como "Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien". También podríamos definirla como un estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno. Lo cierto es que, analizando nuestras propias vidas, ninguno podría decir que vive en un estado complacido. Yo no sé si es mi propia visión, pero siento que a veces nuestra sociedad está tan concentrada en esa autosatisfacción y querer llegar a esa felicidad para nuestras familias, que olvidamos el proceso... muchas veces queremos llegar a esa felicidad sin que nos cueste nada y sin conflictos.
La Real Academia Española define la felicidad como "Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien". También podríamos definirla como un estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno. Lo cierto es que, analizando nuestras propias vidas, ninguno podría decir que vive en un estado complacido. Yo no sé si es mi propia visión, pero siento que a veces nuestra sociedad está tan concentrada en esa autosatisfacción y querer llegar a esa felicidad para nuestras familias, que olvidamos el proceso... muchas veces queremos llegar a esa felicidad sin que nos cueste nada y sin conflictos.
A mí me pasaba mucho eso. Quería estar bien con todos, llegar a ser feliz sin causarle daño a nadie y sin tener roces con nadie. Sin embargo, no es el concepto de felicidad al que el Señor nos llama. Nuestra felicidad se basa en alcanzar el éxito y la comodidad. La felicidad que Dios nos muestra es una basada en la comunión con Él y por sobre los conflictos.
Así lo vemos en un pasaje de la Biblia, Mateo 5:1-12 que define la base del reino de los cielos, y que es totalmente opuesta a nuestro concepto de felicidad, el cual distaría de la pobreza en espíritu, de llorar, de ser mansos, de tener hambre y sed de justicia, de ser compasivos, de tener un corazón puro, de ser pacíficos y pacificadores; y de ser perseguidos e insultados.
Quisiera detenerme en cada uno de esos puntos y, probablemente utilice más publicaciones para detenerme en este proceso. Porque para ser pobres de espíritu no se requiere aparentar ni tampoco desprenderse de todos los bienes que se tienen. No se trata de algo material ni de una actitud que los demás deban ver o alabar. Alguien pobre en espíritu sólo lo puede ver el Señor, por tanto es una actitud que Él forma en nosotros. Ser pobre de espíritu nos lleva a entender algo muy simple, pero a la vez profundo: que no somos el centro. Cuando centramos la vida en nosotros mismos, depositamos mucha confianza en nuestras propias fuerzas y en cómo podemos solucionar cada problema o conflicto. En otro sentido, queremos sentirnos reafirmados por medio de nuestros actos, incluso los que a la vista de otros son buenos y dignos de alabar. Ser pobre de espíritu significa ser dependiente de Él en todas las áreas, no sólo en aquellas que se escapan a nuestro control, sino mucho más en las que parecen estar en nuestro control, dado que son esas las que nos mantienen pensando en que nosotros podemos salvarnos a nosotros mismos.
"Señor... a veces todo parece estar en crisis. No sólo vemos desastres a nuestro alrededor, sino también en nuestras propias vidas. Pero tú, quien ve en lo secreto, sin que nadie más pueda ver, nos conoces. Conoces quiénes somos. Sabes que, siendo pobres, queremos ser ricos y muchas veces aparentar y luchar en nuestras propias fuerzas. Por eso forma en nosotros esa pobreza en espíritu, porque no nos quieres humillar, sino ayudarnos a enfrentar cada momento de nuestras vidas con la felicidad que proviene de ti, es decir, de las que tienen el reino de los cielos en su corazón, y que a partir de eso viven. Gracias porque no somos el centro; cuando hemos querido serlo, terminamos frustrados, agotados, queriendo abandonar todos los sueños y enojándonos con todo el mundo. Pero tú no quieres eso para nosotros... más bien, anhelas que tengamos una relación contigo y seamos ricos en ti. Amén".
30 de diciembre de 2014
Espero en Ti [...]
Las cosas han cambiado para bien en muchísimos aspectos en mi vida. Es cierto que han aumentado algunas preocupaciones ahora que estoy casado, pero sumando y restando, agradezco al Señor por llevarme a un lugar donde prometió llevarme hace mucho tiempo.
Les comparto esta canción porque habla acerca de algo que es tal vez lo que más me ha costado hacer: esperar. No me ha sido fácil. Me ha costado dejar de pensar en los problemas, dejar de pensar en cómo lograr que personas cambien alrededor, en que las cosas se pudieron hacer mejor, etc.
Tal vez una conclusión es la que he llegado: esperar es mantenernos enfocados en Él. Esto no quiere decir que los temores se alejarán. Tampoco lo harán las preocupaciones... Sino más bien es un proceso donde simplemente confiamos sin ver. Y este año me ha tocado "esperar" en muchas ocasiones en que las circunstancias parecían irse de las manos, particularmente en el trabajo. Muchas veces sentí deseos de renunciar, de insultar a personas, de dejar de saludar a otras, etc... cosas que nunca pensé que sentiría. Sin embargo, en el silencio pensaba: ¿qué puedo hacer cuando los conflictos ya han tratado de ser resueltos de buena manera? Nada queda.. sólo irse cuando no hay solución. En medio de esto me di cuenta de algo: que esperar en el Señor me desafiaba a renunciar a mí mismo, a dejar de centrar todo en "mi sufrimiento", en "mi trabajo", en "mi propia justicia", etc.
¿Difícil verdad? Esperar en Él nos desafía a dejar la autocompasión y vencer el temor a lo desconocido, vencer el temor al rechazo de los demás. Después de todo, la gente es muy buena para criticar sin involucrarse y, en los casos más extremos, gozan con el desprestigio ajeno.
Siempre me ha llamado la atención un versículo de la Biblia que dice: "Estad quietos y sabed que yo soy Dios" (salmo 46:10). Eso me cuesta... Primero que todo "estar quieto". No sé si uds. lo ven pero menciona un estado de quietud y no una emoción. Al estar quietos, podemos enterarnos de lo que Él está haciendo y darnos cuenta por fin de algo: "Yo no soy el centro".
Recuerdo 4 años nuevos atrás. Fue tal vez el año nuevo más diferente de todos. Estaba mi mamá y mis tres hermanos menores. Éramos solo nosotros y en medio un pollo con arroz. Ese año la había pasado mal y oré al Señor diciendo que para el siguiente año no quería seguir cargando con las frustraciones. Y lo rendí. Recuerdo que el siguiente año fue uno de los mejores años en todo sentido y el Señor no sólo respondió, sino me dio más de lo que yo pedí... Vale la pena esperar. Primero para vivir el proceso de estar quietos, para luego saber que el Señor tiene el control. Dios tiene el control sobre la frustración, sobre las miradas deshonestas, sobre los trabajos a medias, sobre las competencias desleales, sobre lo que nosotros pensamos que es justo. Delante de él todo eso cae... incluso nuestros argumentos a favor, nuestra apariencia de piedad, nuestro deseo veloz de juzgar a los demás y de sentirnos dueños de lo que deben decidir... pero sin involucrarnos con la persona.
Les animo a hacer algo que haré en este año nuevo. Rendirme y esperar. No para ver lo que nosotros queremos ver. No para que el Señor destruya a quienes nos han ofendido. No para inclinar su voluntad a la nuestra. Simplemente acallar el ruido de todas esas voces internas. Esperarlo a Él y su presencia. Para mí eso es todo...
"Señor, te espero. Espero mientras acallo todas las voces de temor y preocupación. Todas esas voces de anhelos de justicia o reivindicación. Todas esas voces de frustración que asoman cuando algo no se consiguió a pesar de todo el esfuerzo colocado. Te espero.. mientras lo rindo todo.."
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