28 de agosto de 2010

En...

En la sonrisa de los niños...
y en el breve saludo de un anciano...
En ese "gracias" y ese "por favor" que nos hace tan humanos...
y en esa sinceridad del que dice que no puede...
En la alegría del que da sin pedir a cambio...
y en el que se atrave a amar incluso ante el rechazo...
En la esperanza que con nada se destruye...
y en el que aguanta aunque el dolor lo sobrepase...

En el que vive por lo que le apasiona...
y en el que soporta la dura crítica con entereza...
En el que no aguanta medias verdades ni que tranza...
y en el que apuesta por el peor de los mortales...
En el que ama incluso al que lo daña...
y en el que de prejuicios se desprende...

En todo eso veo... y sólo ahí... lo más esencial en la vida...

19 de agosto de 2010

Porque por él nos movemos y somos

Finalmente si uno quisiera encontrar lo más importante en la vida, por sobre el éxito personal y por sobre los momentos de hondo fracaso, se encontraría con la mira atenta, fiel y consoladora de Jesús. En él se resume todo... él es la respuesta ante nuestra frustración y ante las ganas incesantes de ser alguien en la vida; ante el sufrimiento, ante ese dolor punzante, y también ante el más profundo sentimiento de logro y satisfacción.

Por el nos movemos... y somos...

15 de agosto de 2010

Esa bomba explotará...


"Tal como es el pensamiento del hombre en su corazón, así es él". Uno de los proverbios enuncia así una de las verdades que creo son más pertinentes para nuestra generación. La sociedad actual tiene varias características que han influenciado para bien y para mal nuestra mentalidad. Una de ellas es el efecto de las exigencias actuales sobre la familia. Seguramente, al hacer una encuesta acerca de nuestras prioridades en la vida, uno de los puntos que estará dentro de los primeros lugares, claramente será la familia...

Al hacer un TAC de nuestra sociedad, vemos que en su parte más superficial, ha alcanzado muchos logros: un mejor (en parte) estándar de vida, una generación de jóvenes yendo a la universidad y siendo profesionales, una esperanza de vida mucho mayor, menos enfermedades agudas que hace algunas décadas atrás, etc. Son logros muy buenos. Sin embargo, esta sociedad adolece de otras cosas tan importantes como el hecho de sentirse plenos. Y resulta contradictorio porque por un lado hay buena situación económica, hacemos lo que nos gusta, tenemos quizás una mejor calidad de vida que la que nuestros padres nos dieron, tenemos mejor acceso a médicos y especialistas, etc., no obstante, hay mucha soledad, mucha competitividad injusta, mucho desgaste, etc. Se le pide a la mujer que sea exitosa y al final de cuentas que sea una super mamá, una super dueña de casa, una super profesional, una super hija, etc. Y el resultado: mujeres frustradas, depresivas, que no saben por qué sus hijos los rechazan o no les entregan el cariño que esperan. Los hombres también adolecen de otras cosas que las mujeres debieran conocer para entendernos también: existe falta de una definición de hombre. Con esto no quiero referirme a alguna desviación sexual ni nada por el estilo, sino más bien al carácter, a la masculinidad de un hombre. A veces se escuchan personas que hablan de hombres que "no se ponen los pantalones en la casa", que "no toman las riendas del hogar", etc. Y los hombres, aunque poco se crea, necesitan amigos... amigos que actualmente hay cada vez menos. Las mujeres les exigen a los hombres que sean buenos, expresivos, que sepan escucharlas, que jueguen con los niños y que las saquen al mall. Quizás para el hombre no es difícil proveer, pero sí muchas veces es difícil para entablar relaciones. Tendemos al aislamiento, a las pocas palabras, a la mirada penetrante más que a la respuesta dura, al encierro de los sentimientos más que a la expresión de ellos, a solucionar las cosas por nosotros mismo antes que buscar a alguien en quien confiar...

Y el que es cristiano no escapa a esto... En estos 23 años de vida he visto a más cristianos tristes que a personas no creyentes. La frutración abunda en mujeres que, aunque creen en Dios, se sienten frustradas por no sentirse llenas, plenas, etc. Como si lucharan y lucharan sin saber dónde finalmente van a llegar. Pidiendo a gritos ayuda, pero la voz no les sale; sólo un corto "estoy bien" cada vez que les preguntan el cotidiano: "¿cómo estás?".


A esto quiero llegar...


¿Qué es lo que está moviendo su vida actualmente? ¿Los deseos de éxito personal (que no tienen nada malo en sí mismos)? ¿Las ganas de "demostrarle" a alguien cuan capaz es?
¿Qué es lo que hoy desmotiva tu vida? ¿Alguna mala experiencia? ¿Un fuerte sentimiento de frustración y de sentir que no eres capaz? ¿Un pasado que arrastra secuelas profundas?

Son preguntas incisivas... y las he dirigido especialmente a nuestro yo. A cómo yo puedo me motivo día a día para levantarme y seguir adelante. Sin embargo, deseo hacer una pausa y terminar con esto: la única respuesta a todas esas preguntas no emana de fuertes motivaciones personales. No surge de buenas intenciones de cambiar. No se basan en buenas noticias que sucedan a nuestro alrededor. Todas ellas se encausan hacia Jesús. Usted puede voltear a ver personas que son exitosas profesionalmente, pero su vida personal exhala un vacío y desaliento muy muy profundo. No se convierta en eso; antes bien, decida arrojar a la cruz su pasado, sus desafíos, sus sentimientos de derrota, frustración, y decida de una buena vez seguir a Cristo, sino tarde o temprano, esa bomba de problemas internos y externos explotará.

8 de agosto de 2010

Una chapa sin aceite


Hace pocos días, la chapa de la reja comenzó a presentar problemas. Cada vez que metíamos la llave, costaba para que diera la vuelta. Cierto día probamos con mi hermano de echarle aceite, pero fue peor, porque le dimos una vuelta con la llave y se quedó trabada ahí. No hubo forma de moverla. Al siguiente día mi hermano -a martillazos - logró abrirla y confirmó nuestras sospechas: había mucho óxido y polvo, pero además algo que me llamó mucho la atención: había incluso telas de araña en su interior. Quizás desde cuándo esos delgados y pequeños hilos se habían entretejido ahí dentro sin que nadie lo supiera. De hecho, en veinte años esa reja nunca había fallado en quedarse trabada. La pintamos muchas veces por fuera e incluso varias veces le habíamos agregado el antioxidante. Sin embargo, el frío de este invierno fue implacable y al parecer el óxido y la suciedad de la chapa impidieron que su función se conservara inalterable por algunos años más.

Lo más raro de todo es que, cuando miré dentro de la chapa todas las telas de araña que habían ahí, algo me hizo sentido de cómo estaba mi corazón... Fue como si me hiciera la siguiente pregunta: "¿Estará mi corazón así: con óxido y polvo en su interior?" Probablemente parezca hilar fino, pero creo que vale la pena si lo llevamos al plano de nuestra relación con Dios.

La chapa descrita, claramente necesitaba una mantención más periódica. En todos estos años, no recuerdo una sola vez en que alguno de nosotros la haya lubricado. Nos preocupamos sí de su apariencia externa y de que las personas que pasaban por el frente de la casa, la vieran con una hermosa presentación.

Nuestra relación con Dios es precisamente esa chapa. Bien puede parecer linda por fuera, pero lo más importante está en lo íntimo, en el secreto que nadie ve... de hecho es en el interior de la chapa donde ocurre funciona el mecanismo de la llave y la chapa. Pero si no se mantiene, la chapa pierde su lubricación, y aunque utilicemos la llave correcta, está no dará la vuelta, se bloqueará y no podremos ingresar adonde queremos.

El óxido y el polvo, en este sentido, representan todas aquellas cosas que han aninado en nuestro corazón por mucho tiempo y que no se ha limpiado: prejuicios, heridas del pasado que no han sido sanadas y superadas, nuestra voluntad cuadrada de hacer las cosas, etc. Muchas veces le decimos a Dios que venga con poder a cambiarnos, pero resulta que él es la llave, pero no la chapa. La llave puede calzar muy bien, pero el problema está al interior de nosotros, que impide que la llave gire y podamos ingresar a nuevas etapas en nuestras vidas.

La intimidad con Dios no trae condenación a nadie, sino más bien expone nuestro corazón para asumir nuestras debilidades y errores para ser perdonados y ayudados por Él. Muchas veces confesamos con nuestras bocas que adoramos a Dios, pero en nuestra "chapa" sigue existiendo óxido. Y repito: la llave puede ser la correcta, pero la chapa puede tener un problema en su interior.

Para finalizar algo muy importante: la relación con Dios se basa en lo que Él ha hecho y hace por nosotros día a día; en lo sucesivo no intente presentarse a Dios como si no tuviera ninguna debilidad o como si debiera rendirle cuentas de su perfección y su "buena religión". Lo único que basta para que esa reja funcione, no es sacar copias de más llaves, sino más bien dejar que Dios abra nuestro corazón (la chapa), exponga nuestra realidad y permitamos que nos limpie. Nunca debemos cambiar PARA estar en la presencia de Dios; más bien, EN la presencia de Dios somos transformados.

1 de agosto de 2010

Un perdón que cuesta todo

Me parece impactante que varias veces en la Biblia Dios nos desafíe a ser como él. "Sean santos porque yo soy santo", "... para que sea perfectos, como su Padre en los cielos es perfecto".
Uno de los temas en los que Dios nos llama a parecernos a él, es en el tema del perdón y la reconciliación.
La palabra misma nos puede evocar muchas experiencias en donde hemos cometido errores que nos han dañado a nosotros mismos o a otros; o a la inversa, que otros nos hayan dañado. La palabra misma llama al término de un conflicto, al fin de una etapa de dolor o de ofensa, y que da paso a una etapa de reconciliación. No es fácil. Nadie dijo que no sería complicado mirar al ofensor con amor. Sin embargo, hay algo en la mirada de Jesús que nos llama a responder con amor en vez de venganza, como si el arma misma de venganza que Cristo impone es la de amar y servir con mayor voluntad a quienes nos ofenden. Quizás por eso el perdonar no implique un simple acto de palabra, sino más bien un acto de corazón.

Es muy difícil perdonar a otros si no tenemos conciencia de quiénes somos y de nuestros errores. ¿Has mirado con prejuicio y desconfianza a las personas? ¿Has dicho: nunca voy a perdonar a tal persona por lo que me hizo? Antes de seguir, sacúdase del polvo de esos juicios que ha usado y de esos "nuncas" que emitió en el fragor de un problema o en el nebuloso ambiente del conflicto.

Perdonar implica algo tan sencillo como disponerse a hacerlo. Claramente cuando somos dañados, no a muchos les nace instintivamente el perdonar de corazón; más bien, pensamos mal de la persona. Pero esto implica una etapa en donde debemos rendir nuestros argumentos e incluso nuestros derechos a la voluntad de Dios. Por eso al perdonar, mucho de nuestro egoísmo cae al suelo y nuestro egocentrismo recibe un golpe en la cara...

No puedo olvidar que hace 1 década atrás se hacían marchas a favor de los derechos humanos y del enjuiciamiento de ex-militares por el caso de los detenidos desaparecidos. Había una pancarta que decía: Ni perdón ni olvido... En otra oportunidad escuché a alguien decir: esta generación perdona pero no olvida. Y claro está que el perdonar implica dejar atrás. Si bien uno no puede borrar los recuerdos de su memoria, sí se puede dejar atrás (olvidar) el rencor asociado a ese recuerdo, dejar atrás ese odio asociado a cierta persona que nos dañó. Una forma de vengarse de eso a la manera de Cristo es ofreciendo la otra mejilla, sirviendo a quienes nos han ofendido y amando a quienes se oponen.

Para finalizar quiero detenerme en un punto: ¿Quién es capaz de cumplir con eso? La respuesta es clara: Nadie. Por eso es que si queremos ser como Él, habrá que morir día a día. El perdón cuesta un precio... el precio de olvidar para responder con amor incluso al ofensor.

25 de julio de 2010

El centro de tu vida


Cuando fuimos a Perales en los meses de marzo y mayo de este año recuerdo una de las experiencias que más han marcado mi vida. Fue un día domingo en que fuimos invitados a una de las iglesias. De no más de 15 personas y pentecostales todos, el pequeño local que servía como templo, se hacía tan pequeño que, aunque hacía mucho frío, allí dentro a momentos el calor humano sofocaba el ambiente.

Después de haber cantado, un hombre de unos 40 años se paró al frente y comenzó a dirigir la reunión. Él lo había perdido todo a causa del terremoto y maremoto del 27/02 y en verdad su cara no mostraba para nada preocupación. Si bien nunca supe cuál era su oficio, sus características físicas lo hacían parecer a un pescador artesanal. En un momento él comenzó a hablar acerca de la desgracia que ellos habían sufrido a causa del desastre y cómo habían perdido todo y ahora vivían en campamentos. Y terminó diciendo: "Y bueno... Jehová dio, Jehová quitó, pero en todo sea bendecido..." Creo haber leído alguna vez ese versículo en la Biblia, pero nunca me hizo sentido como aquella vez en que salió de los labios de alguien que realmente lo sentía y lo decía de corazón. Tocaron otra canción y no recuerdo bien qué decía, pero lloré sin que nadie lo notara. Creo haber entendido como pocas veces antes que el centro no es uno, sino Dios.

Uno a veces se atormenta tanto por algún problema que no se ha solucionado después de haber hecho un click en el computador. También nos volvemos locos cuando nos demoramos más en la fila del banco o los 10 minutos que teníamos presupuestados para hacer un trámite se transforman en 2 horas. Nos desquitamos con nuestra familia cuando otra persona nos trató mal o nos humilló. Desconfiamos de los demás, los saludamos con prejuicio, nos volvemos hoscos y lejanos... Son realidades que a todos nos pasa. Esta sociedad nos ha enseñado a siempre satisfacer al usuario y nunca a exigirle que se esfuerce. La publicidad centrada en el "yo" y en la autosatisfacción nos llama frecuentemente a privilegiar nuestro propio bienestar por sobre el de los demás... y a pensar en nuestro propio desarrollo personal más que el de quienes nos rodean. Y el centro es el yo.

Cuando oramos muchas veces nos frustramos al darnos cuenta que Dios pareciera no contestar nuestras oraciones acerca de una enfermedad no sanada, alguna deuda no saldada, algún orgullo que sacar, alguna depresión que superar, etc. O nos sentimos tan cansados cuando hay dolor y sufrimiento a nuestro alrededor, y Dios pareciera no contestar; o les contesta a todos menos a mí... Cuando centramos nuestra vida en nuestro propio bienestar y centramos toda la búsqueda de Dios en que él satisfaga nuestras necesidades, entonces hemos perdido de vista el cristianismo. Creer en Dios no significa tener una religión y creer "en algo" que suena bonito pero que no lo vivimos, algo que ha perdido la pasión del principio.

Yo no soy el centro. Uno no ora para que Dios apruebe todas las peticiones que oro, sino para alinear mi voluntad a la suya y responder a su invitación a participar en su reino. Cuando salimos del centro y somos menos ego-ístas, entonces el sufrimiento tiene sentido a la luz de Cristo... y tiene sentido dejar de autocompadecerse, dejar de pensar que el mundo entero confabula contra mí o soy la peor persona del mundo. Porque cuando Cristo es el centro, aprendemos a sufrir, pero sobre todas las cosas, a ponernos de pie y a decir: "Jehová dio, Jehová quitó, pero en todo sea bendecido".

Saludos!!!

18 de julio de 2010

¿Hay algo difícil para Dios?


Una mujer de aspecto no muy agraciado. Cabellos canos, frente gacha y unos 2 chalecos de lana delgada erá parte de lo que llevaba a cuestas día a día. Casi arrastrando los pies, se acercó buscando al hombre que podía sanar a su hija enferma. La fiebre no la había dejado dormir en toda la noche y su madre, desvelada, había tocado la puerta de médicos sin encontrar respuestas. De pronto, los periódicos le avisaron de la inesperada visita del maestro. Ella calzó los primeros zapatos que encontró y, dejando sola a la niña en casa, corrió a buscar al que todos llamaban rabí. Cuando lo encontró, ella recuerda haber balbuceado un par de palabras sin obtener respuesta. Hasta que se atrevió a hablar más fuerte y le dijo al hombre que quería que sanara a su hija. Como en una trampa, el maestro le condujo por un discusión que no duraría más de veinte segundos, hasta que ella le dijo: Claro... pero hasta los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos. Ella no sabía lo que dijo hasta que se detuvo a meditarlo. Algo había salido de ella que nunca en la vida hubiera esperado... Siempre de bajos ingresos y con todo lo que tenía decidió confiar en aquel extraño visitante. Y mientras esperaba un no rotundo como respuesta, vino aquella contestación que cambió su vida: Tu fe te ha salvado, tu hija queda sana de su enfermedad.

[...] Y usted lee el relato: "Y quedó sana desde aquella hora". Cuando la mujer volvió a la casa, encontró que su hija estaba de pie, tendiendo su cama y doblando su ropa. Su aspecto ya no era el de una moribunda ardiendo en fiebre, sino el sonriente caminar de una persona que ya está libre de una enfermedad. Había quedado sana; Dios la había sanado...

La entrevista que le hicieron posteriormente se tituló: "La milagrosa sanidad de la hija de la mujer sirofenicia". ¿Habrá algo difícil para Dios? El no rotundo de la mujer lo dice todo: sólo se necesita creer en Él, sin importar el origen, sexo, raza, edad, los errores, el pasado, el presente, el futuro, las preocupaciones, los quehaceres y la forma de ser.

15 de julio de 2010

11 de julio de 2010

Saliendo de la regla

Uno en la vida siempre tiene que andar precavido. Ese era el clásico consejo de mi abuelita cuando tenía 5 años. De hecho cuando me quedaba en su casa y hacia frío, ella tomaba todas las precauciones de acostarse con mil frazadas encima y de revisar que los demás no durmieran helados. Mi papá era igual que ella jejeje... siempre lo veía revisando si los ventanales de la casa estaban cerrados y si la llave del gas estaba correctamente cerrada. A veces revisaba toda la casa para ver si estaba limpia y si no lo estaba, inmediatamente limpiar lo que estaba sucio.
Cuando tenía aproximadamente 8 años, mi mamá siempre me contaba que me amurraba cuando las cosas no resultaban como yo quería. Me iba a un rincón solo a llorar y a enojarme con el resto... aislado, con cara de rabia y responder a los que me preguntaban "qué te pasa" con un cortante "!déjame!". Y eso era un clásico cuando estaba haciendo un trabajo de manualidades y no resultaba lo que quería.

A medida que fui creciendo, comencé a darme cuenta que uno no puede ser tan rígido en la vida y que en algún espacio de ésta, tiene que haber un lugar para el fracaso, para la frustración. Si uno pasa la vida evadiendo el fracaso y el sufrimiento, finalmente esa misma actitud termina haciendo sufrir a la persona. No podemos pensar en una vida sin caídas, sin cometer errores quizás, sin haberse caído varias veces. Es como cuando el niño empieza a caminar y el papá, los hermanos´, tíos y todo el mundo quiere que camine, pero da un paso e inmediatamente se cae. Pero nadie reta al niño ni le regaña su caída. Al contrario, siempre hay alguien que lo ayuda a volver a levantarse y seguir probando. Si uno quiere vivir la vida sin fracasos, protegiéndose de todo el sufrimiento, nunca aprenderá a caminar de verdad. Siempre tendrá el concepto en su mente de cómo se camina, de cómo se hay que levantarse cuando uno se cae, pero no hará lo más importante: ponerse de pie e intentar caminar. A menos que pase algo: tome la decisión de aprender. Ya lo he dicho otras veces: Dios es perfecto, pero no es perfeccionista. Cuando experimentamos fracasos (como las caídas del bebé), él no nos rechazará; vendrá a ayudarnos a ponernos de pie de nuevo, para que intentemos caminar otra vez.

Cuando uno acepta el sufrimiento y da gracias a Dios por él, el diablo retrocede. Porque ya no puede triunfar con ningún argumento. La lección ya fue aprendida. El fruto ya apareció.

En uno de sus poemas, Borges expone algo parecido a lo que expongo, al decir que si viviera de nuevo, saldría sin paraguas cuando hubiera lluvia, además de pisar las pozas. Pero ya tenía ochenta años y se le había ido la vida. Cuando hayan problemas económicos, no te autorrechaces; acéptalo como parte de la vida y pide a Dios que te ayude a salir. Cuando sientas que has fracasado en algo, acéptalo como parte de la vida y da vuelta la página, sin darle más cabida a que los pájaros aniden allí; luego ponte de pie y sigue caminando sin evadir los hoyos en el camino.

5 de julio de 2010

300 entradas


Me parece como si hace muy poco hubiera comenzado a escribir en estas líneas y ya llevo 300 publicaciones. Ya han pasado casi 5 años desde que abrí este blog y nunca pensé que duraría tanto. De hecho, ya varios de mis amigos han cerrado los suyos porque han surgido nuevas plantillas virtuales donde escribir o francamente han dejado de escribir por diversas razones.

Me gusta escribir... siempre lo he dicho. Siento que puedo decir muchas más cosas que lo que a veces puedo hablar. Muchas veces escribo todo lo que pienso en vez de explotar con cualquiera que se cruce en el camino. Y ha servido. Estas líneas han sido testigos presenciales de las alegrías, penas, planificaciones, sueños, metas y todos los etcéteras posibles que pueda aguantar este escrito.

Al revisar el registro de escritos, solamente puedo dar gracias a Dios por las experiencias de este tiempo, las que, buenas o malas, han servido para madurar y para mirar a Jesús en vez de mirar las circunstancias; para confiar en Él más que en cualquier otra cosa; y para adorarlo más que a todo. Muchas veces escribí cosas que luego borré. Otras han quedado escritas como borrador. Y otras han sido publicadas como muestra de las vivencias, sentimientos, emociones y planificaciones de una vida que quiere vivir para adorar a Dios en todo tiempo y para agradarlo en cualquier circunstancia.

La cultura del balcón

Algunos gritaban por allá. Los de acá aplaudían y gritaban. "Llévense a la vieja loca", se escuchaba por ahí. Desde muchos balcone...